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"Veo la noche peor que una droga que engancha"

Nueve años después de la edición de 'Diario de Martín Lobo', el escritor y periodista Javier Cid publica 'Llamarán un domingo por la tarde', una novela de apariencia alegre y alma herida.

Luis Alemany 
 
Pregunta.– Desde el libro de Martín Lobo han pasado... 
 
Respuesta.– Nueve años. 
 
P.– Y el drama es más o menos el mismo. 
 
R.– Me dio vértigo darme cuenta de eso. Vértigo y mucha pena. Pensé: joder, tengo 39 años y estoy igual que con 29 y seguramente igual que con 19. Con la misma necesidad, la misma búsqueda obsesiva e histérica de afecto, de alguien o algo con lo que salvar el domingo por la tarde. Quizá sea peor ahora. 
 
P.– Se supone que con la edad racionalizamos nuestras obsesiones. 
 
R.– Sí, pero es que comprender tus problemas no significa que las resacas sean menos tristes... El otro día me escribió Jorge Javier Vázquez y me dijo que lo pasaba fatal leyendo la novela porque pensaba en todo el tiempo que perdió con gente equivocada. 
 
P.– Tengo un amigo que participó intensamente en la gran fiesta de la promiscuidad gay pero que ahora tiene una actitud casi moralista. Es muy crítico con el ambiente. 
 
R.– Yo lo veo ahora como una droga, peor que una droga que engancha. Sabes que te destroza, el domingo juras que nunca más y el jueves ya estás como unas castañuelas. Sabes que es una porquería pero vuelves. ¿Qué vas a hacer si no? ¿Te quedas en casa?  
 
P.– Entonces, la escena de Tel Aviv de esta novela es muy importante. 
 
R.– Me pasó lo que cuento: yo me puse en forma, conseguí ser uno de esos cuerpos perfectos que veía en las discotecas como el que ve a los dioses griegos y lo celebré con un viaje a Israel, porque había leído que era el país de los hombres más guapos del mundo. Bueno, pues encontré la fiesta más increíble que pueda imaginarse, fui con mi cuerpo perfecto y me sentí triste y solo como nunca antes en mi vida. Allí nadie miraba a nadie. 
 
P.– El libro es pudoroso. Cada vez que alguien se acuesta con alguien, hay una elipsis. 
 
R.– Claro. Yo quiero escribir con elegancia, quiero gustarle a mi madre. Y, además, ¿qué pasa? ¿Que los maricones sólo podemos escribir mariconadas? 
 
P.– La relación con el mundo heterosexual ya no parece un conflicto grave en esta novela. 
 
R.– Sí. En realidad sólo lo fue en el colegio. Ahora, si alguna vez oigo a algún compañero decir nosequé de maricones, le chisto y se disculpa. Mire, yo con los heterosexuales funciono bien: me hacen caso y yo soy una persona que necesita atención. Por eso, mis grandes amigos y compañeros de viaje son heterosexuales. En cambio, con los gays no estoy tan cómodo. Quizá sea por competitividad. 
 
P.– Los heterosexuales idealizan a sus amigos gays. Los ven más libres, más ricos, más cultos... En realidad, yo creo que la homofobia expresa una forma de envidia. 
 
R.– Bueno, eso lo decimos porque estamos en Madrid. Vaya a un pueblo... Y es una idealización que significa lo de siempre: que queremos lo que no tenemos. Claro: en verano, yo cojo un avión a nosedónde y mi amigo hetero, en su apartamentito, tiene envidia. 
 
P.– Sin embargo, es el personaje gay de su novela el que se siente abandonado por sus amigos heterosexuales. 
 
R.– Porque tienen hijos y entonces su vida tiene un sentido y se convierte en un espejo de la soledad de los que nos quedamos. 
 
P.– Javier, los padres también se deprimen. 
 
R.– Lo sé. Y se divorcian y odian su rutina, pero tienen una misión en la vida. No se preocupen, estoy bien. Desde hace años, reacciono mucho mejor a las decepciones. 
 
LA ÚLTIMA PREGUNTA 
 
¿CÓMO ES ESO DE LA PERSONALIDAD ANAL QUE LE ATRIBUYEN?  Es una categoría de Freud: hay una etapa en la que el niño se relaciona a través de sus deposiciones. Si no lo supera, se vuelve una personalidad caprichosa y absorbente. Hitler lo era, Marilyn lo era y me dijeron que yo lo soy. No sé: caprichoso sí que soy, vale, pero Hitler no.